Aquel día de ese precipitado 2021 me encontraba yo sentada en el pasto de algún rincón del parque Fundidora.
Tenía ganas de beber cerveza alemana con un toque de limonada, un Radler, algo así no se consigue en Monterrey, o al menos yo no sabía dónde, así que decidí esperarte, después de haberte escrito a tu móvil. El edificio Kalos no queda muy lejos de Fundidora y ya eran después de las seis, así que pensé que debías llegar pronto.
Pensaba mucho por aquella tarde: en los metros de distancia que hay entre Kalos y Fundidora, en los metros de distancia que hay entre Kalos y la librería, en los metros de distancia que hay entre la calle Agrónomos y Kalos, en los metros de distancia que hay entre Kalos y Agrónomos y los besos que podías darme al llegar a Agrónomos.
También pensaba en cómo me escucharías cantar fuertemente mis canciones de rock de los 80's mientras me cocinabas patacones, o Adrián nos preparaba arepas, o Gio preparaba arroz con pollo. Aquella tarde en Fundidora no sabía todavía que te iba a perder, que me dejarías y me faltaría un poquito de coraje para retenerte. Coraje me falta siempre, para evadir a mis padres o a mi hermana, o gritar simplemente lo que deseo, quedarme sola porque hoy deseo leer otro clásico, o avanzar al menos, ya que los clásicos son libros tan gruesos que nunca terminan.
Y así acontece la vida siempre, entre la librería y algún amor, la librería y algún libro, la librería y mis amigos lectores, ya no hay besos, ni edificio Kalos... ni calle Agrónomos.
Fotografía: Jonathan Borba

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