Andábamos sin buscarnos. El chico de los tenis blancos y una mujer anodina, que siempre trae un libro en la mano y toma café. Todas las tardes. Yo. Todavía no nos encontramos, pero ya andábamos sin buscarnos.
Yo cargaba
Rayuela, mi lápiz y mis sticky note sheets para marcar todo mi libro. A
veces llevaba mi mochila negra para cargar más trickets. A veces no. Agenda.
Libreta. Kindle.
Nos conocimos en
un lugar argentino, Café del Sur, argentino como Cortázar. Aquello fue una
verdadera casualidad. Algunos dicen que las casualidades no existen.
—Buenos días —me dijiste amablemente —¿alguien
más la acompaña?
—Mesa para una persona, por favor —te contesté —¿atiendes
aquí? ¿trabajas aquí?
—Soy gerente de esta cafetería —contestaste a mis preguntas, amable como cada día.
A mí me gusta mi soledad. Ando sola casi siempre, pero estoy
conmigo misma y con mis poemas de Neruda. Yo no había leído antes a Neruda. La
poesía es vital para el alma, pero no, no había leído a Neruda. Pessoa me
encanta, Jaime Sabines también. Sorpresa me llevé al descubrir que todos los
sonetos de Neruda están compuestos por versos alejandrinos.
Desde aquel día empecé a frecuentar Café del Sur, así que nuestros encuentros se volvieron no tan casuales. Solo han sido un poco más de un par y frases cortas, así que no te he podido encontrar, pero ya me dejé invitar una factura argentina.
.png)
Comentarios
Publicar un comentario